La Vanguardia, 21/11/05


Cambio radical

Los que pasamos de 40 años apreciamos los cambios en el transporte público, fundamentales en las principales ciudades, aunque inapreciables fuera de ellas. Hoy el transporte en Madrid y Barcelona poco tiene que envidiar al de París, Londres o Moscú, tres ciudades míticas para los que tienen interés en el progreso del transporte colectivo, el único sistema que consigue aunar eficacia, capacidad, cohesión social y sostenibilidad.

Recordemos cómo era Renfe y sus famosos trenes tranvía, omnibuses-ferrobuses y demás borregueros, y comparémoslos con los actuales trenes de cercanías y sus frecuencias de servicio; o cómo eran los antiguos ferrocarriles de vía estrecha y cómo son en la actualidad los FGC, sin duda, uno de los mejores de Europa en su género. ¿Y el metro? También ha sufrido cambios esenciales en su fiabilidad, extensión y accesibilidad, aunque situándose un peldaño por debajo de los FGC. ¿Y los autobuses? Probablemente ha sido junto con el nuevo tranvía el sistema con cambios más espectaculares. Algunos de ellos usan combustibles más ecológicos como gas natural, biodiesel e incluso hidrógeno. Nada que ver con las antiguas carracas que usábamos para ir al colegio.

¿Y los tranvías? Barcelona llegó a tener una vasta red tranviaria en la que se transportaba a tanta gente como en la actualidad el metro. Nada queda de aquella red sino un escuálido Tramvia Blau que sólo circula los fines de semana. Pero el tranvía, en su moderna versión, ha vuelto con mucho ímpetu. Los Trambaix y Trambesòs se han convertido en el nuevo icono internacional del transporte de la capital catalana. Quizás alguno de ustedes no lo crea pero cada semana recibe la visita de una delegación interesada en conocer las claves de su éxito.

Sin embargo, la innovación más importante ha sido haber convertido aquella constelación de redes inconexas en una de tipo único gracias a un billete integrado que permite saltar de un metro a un autobús, tranvía o tren pagando sólo 60 céntimos.

Nuestras ciudades disponen hoy de un buen transporte público, mucho mejor que en la época de la dictadura. ¿Pero cuál es la razón por la que a pesar de ello el tráfico privado no cesa de aumentar desde entonces? La respuesta, ciertamente compleja, daría pie a otro comentario, aunque podría resumirlo diciendo que en el momento de diseñar políticas de transporte no siempre ha prevalecido la defensa del interés general.

Barcelona, 16 de noviembre de 2005


Pau Noy